1991: empieza la historia de Chiara en el mundo de las calles…
Siempre he buscado, como cada persona, algo que diera un sentido profundo a mi existencia. Pensaba: sólo tengo una vida; quiero hacer algo grande. Buscaba paz, libertad; buscaba una fuente capaz de saciar la sed de mi corazón inquieto; buscaba felicitad. Un día un pasaje del Evangelio fue como un rayo de luz:
Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor...Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 9-12).
Fue como un descubrimiento increíble, una revelación, un verdadero rayo de luz. Me daba cuenta de que más me esforzaba en amar con el mismo amor que Jesús nos donó y más mi corazón se llenaba de felicidad, una felicidad resistente a las pruebas más terribles de la vida.
Cuando tenía 21 años tuve una horrible enfermedad que me causaba dolores increíbles por todo el cuerpo y que ningún analgésico podía aliviar. Los ojos también fueron duramente afectados. Ya había perdido ocho décimas y, como se trataba de una enfermedad crónica incurable que afectaba la retina, los médicos me dijeron que iba a quedarme seguramente ciega. Ésta fue una prueba muy dolorosa que duró mucho tiempo. Pero también en este momento tan dramático sentí la plenitud de la felicitad de Cristo y el potente deseo de vivir mis últimos días llevando y testimoniando esta felicitad a los desesperados, yendo por la noche a la estación Termini y en las zonas más peligrosas de la ciudad para encontrar jóvenes con problemas de droga, alcohol, SIDA, prostitución, cárcel, marginación. Pero también me daba cuenta de que por una chica era muy peligroso ir por las calles por la noche. Además mis condiciones físicas no me lo habrían dejado. Entonces hice un simple rezo:
“Señor, si eres tú que me donas este deseo tan fuerte de ir por las calles, ponme en las condiciones de hacerlo. Para ti, nada es imposible. Sólo quiero hacer lo que tu quieres”.La respuesta fue inmediata y fuera de cada imaginación. El día siguiente fui al hospital para unas inyecciones para los ojos y el primario (llamado para averiguar lo que me había pasado) me dio una increíble noticia:
“Chiara, no tengo palabras para explicarlo. ¡Estás repuesta! Para los que no creen en Dios es un misterio, pero para los que creen es una gracia extraordinaria: tu enfermedad ha desaparecido completamente”.
Yo una explicación la tenía. Era la respuesta del Señor a mi rezo de la noche anterior… y él había contestado como sólo Dios sabe hacer.
Mi historial médico fue examinado por los más iluminados de Europa y Estados Unidos: todos estaban de acuerdo de que era una enfermedad incurable. Iba a quedarme ciega, sólo era cuestión de tiempo. Pero de la noche a la mañana había pasado de menos de ocho décimas a una vista superior al normal: más once décimas. ¡Extraordinario!
Desde entonces por la noche empecé a ir por las calles con un simple deseo: compartir la felicidad de mi encuentro con Jesús con todos los hermanos más desesperados.
No imaginaba encontrar un número tan grande de jóvenes solos, marginados, marcados en la profundidad del corazón y en la dignidad, víctimas de sanguijuelas y en condición de esclavitud. Cuántas chicas vendidas como esclavas y obligadas a vender su cuerpo a personas sin escrúpulos. Cuántos jóvenes acabados y detenidos por la ilusión de un paraíso artificial que los ha matado el alma. Cuántos gritos silenciosos y lancinantes que nadie escucha; cuánta desesperación, rabia, violencia, criminalidad, desviación… pero también cuánta increíble sed de amor de Dios, justo allí en las tinieblas de las calles.
Muchas veces intenté, con temor e temblor, entrar de puntillas en las vida de las personas que vivían en las zonas más peligrosas de la ciudad. Me quedé sorprendida por la existencia en ese infierno de sed de escucha, de verdad, de paz, de amor, de Dios. De hecho, muchos de los llamados “criminales” con antecedentes penales no eran personas malas, sino personas no amadas; jóvenes con una grande sensibilidad pero con el corazón endurecido por las muchas violencias. Otros eran jóvenes que llegaban de los países más pobres con buenos propósitos y grandes aspiraciones y que habían sido presos por las redes de la criminalidad organizada que no perdona. Otros eran chicos de muy buena familia (algunos los conocía) fascinados por las atractivas propuestas del mundo (placer, dinero, éxito, apariencia) y caídos en una profunda insatisfacción, soledad, náusea sutil, sin respuestas. Jóvenes con un gran vacío en el corazón llenado con tripis, transgresión y drogas..
Al verme sola por esas zonas tan peligrosa, se sorprendían y después de contarme algo de sus historias llena de sufrimiento y desesperación, me decían:
“Ahora cuéntanos algo de ti. ¿Qué hace aquí una chica como tú? ¿No sabes que es muy peligroso? ¿Cómo es posible que pones en riesgo tu vida por unas personas que ni conoces? ¿Para qué te metes en líos?…
Con mucha sencillez, compartía algo de mi historia y de cómo mi encuentro con Jesús Resucitado había trastornado mi existencia: en él había encontrado la Verdad que nos libera, la Vida en abundancia, la Vía para llegar a la felicidad plena y a la paz que el corazón necesita. Casi siempre la reacción es de sorpresa, de curiosidad, de extraordinaria apertura:
“Si la felicidad que vemos en tus ojos viene de Jesús, si es él que te lleva a arriesgar tu vida para nosotros, háblanos de este Jesús”.
Y empezaban a ponerme mil preguntas. Muchas veces estos encuentros se concluían con una apenada petición:
“Llévanos fuera de este infierno. Nosotros también queremos conocer a este Jesús que ha cambiado tu vida”.
Muy pronto me di cuenta de que, aunque nos encontrábamos en Roma, en el corazón de la cristiandad, no había un sitio adónde llevar estos hermanos que necesitaban desesperadamente ser acogidos y encontrar a Jesús. Había muchos comedores, hostales por la noche, comunidades psicoterapéuticas pero no existía un sitio que acogía inmediatamente estos jóvenes y les daba un acompañamiento humano y espiritual, basado en el Evangelio, en un camino laborioso de reconstrucción interior y de curación del corazón.
Entonces tuve la certeza de que el verdadero problema no era la adicción, el alcoholismo, la pobreza, la desviación, la prostitución, el SIDA, la violencia, la criminalidad…también todo esto, pero el mal terrible que unía todo el pueblo del infierno de las calles era la muerte del alma.
La Escritura dice claramente que la paga del pecado es la muerte (Rm 6, 23) y yo, cada noche iba por las calles con mis nuevos amigos, tocaba con mano lo trágico de esta verdad. Encontraba personas que, en la plenitud de su juventud, ya habían muerto dentro porque habían buscado las respuestas a sus necesidades de libertad, de felicidad, de realización presente en su corazón, siguiendo las respuestas atractivas del mundo. Habían encontrado falsos profetas que los habían seducidos con sus absurdos paraísos artificiales (que de repente se convertían en gélidos infiernos) y nunca habían encontrado a alguien que les diese testimonio de que Cristo es Verdad y Vía, que el Dios que nos creyó se encarnó para enseñarnos la Vía del gozo (Jn. 15, 11) y de la paz (Jn. 14, 27).
Los primeros encuentros me hirieron y marcaron a fuego mi corazón.
Encontré Vyria, vendida por el hermano para prostituirse, encerrada en cámaras frigorífica, violada más de una vez y aterrorizada con marcas y quemaduras para que no se escapase;
María que cuando tenía sólo 17 años había sido obligada a beber la sangre de los animales, a participar a misas negras y ritos orgiásticos con abominables violencias a niños;
Mauro, un hermosísimo chico moreno, alto dos metros que se había reducido a un esqueleto por el SIDA y que me dijo: “Llevo viviendo en la calle 20 años y tú eres la primera persona que me pregunta cómo estoy sin un doble fin”;
Claudia, una niña de 16 años que, por haber ayudado una amiga suya a salir de la prostitución, vio a esa misma amiga ser llenada de cortes.
Más iba por las calles y más crecía en mi corazón una certeza: sólo el encuentro con Cristo que sana a los quebrantados de corazón, que pregona a los cautivos libertad (Lc. 4,18), que nos dona la alegría de la Resurrección, podía restituir la vida a esos hermanos muertos en el alma.
Así tuve la idea de una comunidad de acogida donde podía proponer el Evangelio como regla de vida.
Naturalmente tenía mil temores, me daba cuenta de que era de locos, por una simple chica de veintisiete años sin recursos económicos ni profesionales (soy licenciada en Ciencias Políticas), encontrar una casa donde vivir con jóvenes considerados muy peligrosos. Pero sabía que a Dios todo es posible (Mc. 9,23).En marzo de 1994, confiando totalmente en la Providencia, nació la primera comunidad de Nuevos Horizontes, donde empecé a vivir con mis nuevos hermanos encontrados por las calles proponiéndoles vivir el Evangelio. En todo este tiempo he visto a miles de jóvenes que venían de experiencias extremas y que han “reconstruido” a si mismos a través de la luz de Cristo y han pasado de la muerte a la vida.
A la propuesta de vivir el Evangelio al pie de la letra, la respuesta ha sido sorprendente y apasionante. De aquella primera casita (con colchones por todo lado para acoger siempre más jóvenes que tocaban a la puerta de la comunidad), los centros se han multiplicado, en Italia y al extranjero.
Los mismos jóvenes acogidos pronto han percibido la urgencia de empeñarse para una pastoral por las calles, en la cual los protagonistas no son buenos predicadores, sino testigos que saben anunciar con fuerza lo que pasó en sus vidas tras el encuentro con Cristo Resucitado.
Algunos (412, muchos venía de la calle) se han consagrado a Dios (con votos de pobreza, castidad, obediencia y felicidad) con el deseo de transformar sus vidas en un “gracias” a Dios por su amor y dar testigo que Cristo vino para que tengamos su alegría colmada (Jn. 17, 13).Puedo afirmar que si por un lado esta experiencia nos ha dado la posibilidad de contemplar los milagros de la gracia, por el otro nos hemos dado cuenta de que el SOS jóvenes es más alarmante de lo que revelan las estadísticas oficiales.
Casi el 80% de los adolescentes encontrados manifiesta por lo menos uno de los síntomas preocupantes que caracterizan el mundo de los jóvenes y, en un sentido más amplio, el de las calles: alcohol, drogas (sobre todo porros, cocaína y éxtasis), inadaptación y desviación a diferentes niveles, abusos sexuales, anorexia y bulimia, depresión y trastornos de personalidad, frecuentación de sectas, profundas heridas en la afectividad, graves problemas familiares… y no hay casi nadie que los ayude.

Es necesario que nos pongamos a escuchar este silencioso y terrible grito del pueblo de la noche que cada día llega al cielo. Hay demasiados hermanos desesperados que cada día mueren en los desiertos de nuestras ciudades. Cada uno puede hacer muy poco pero junto a Él que es Amor podemos llevar la luz a esos infiernos del mundo. Una cosa es cierta: ¡el amor puede hacer milagros!










